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Quisiera poder dejar este espacio en blanco, que sobre mí no hubiera nada, tan sólo un vacío en el que cupiese cualquier realidad y también todos los sueños. Una nada que fuese un todo blanco, como una hoja de papel antes de que los itinerarios de la pluma rescaten del vacío las formas, los mundos, los paisajes.

Nací en una pequeña isla atlántica, donde el inmenso volcán dormido asiste al fin de los días del paraíso. De niño conocí la belleza y el misterio de los paisajes solitarios, la dignidad y perfección de la naturaleza. Allí, en una playa de arena negra, aprendí a caminar y años después, en la facultad, aprendí a pintar, las técnicas del grabado calcográfico, escultura y algunas otras materias que me han servido en mi trabajo como creador. El don de dibujar, como todos los niños, lo traía del otro lado y siempre lo he mantenido conmigo como un mágico instrumento de poder, intuyendo el uso que le daban los antiguos brujos como herramienta para que la realidad se manifestase.

He sido muchos años profesor, aunque reconozco mi vocación de aprendiz y sé cuánto me queda aún por aprender en esta vida.

Y del dibujo aprendo que la vida misma es una hoja en blanco en la que cada uno dibuja su historia.

Y aprendo que dibujar es como vivir: acepto cada trazo, acepto cada error y cada acierto. Al final todo lo que nos ha ocurrido y nos tiene que llegar es la manifestación de nuestra voluntad, y será el paisaje que dejemos dibujado justo antes de marcharnos.

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